Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.
Así que un monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla.
El otro monje estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro. Eso estaba prohibido. Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.
Recorrieron varias leguas. Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo:
—Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de esto. Está prohibido.
—¿De que estás hablando? ¿Qué está prohibido? —le dijo el otro.
—¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros —dijo el que estaba enojado.
El otro monje se rió y luego dijo:
—Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando...
miércoles, 16 de marzo de 2011
El monje furioso (anónimo cuento chino)
jueves, 10 de marzo de 2011
El diario de un ojete, entrada número siete
No lo tomé como un mal presagio, pero había un palomilla negra ahogada en el fondo de mi escusado. Sólo para ver si seguía viva y que no habría de volar mientras yo hiciera mis necesidades sólidas, le mee encima. A veces se hundía, otras aleteaba como intentando elevarse. Pero no podía. Las orillas de sus alas se quedaban pegadas al agua formando pequeños arcos.
Se movió una última vez cuando, en círculos concéntricos, se iba quién sabe a dónde junto a mi mierda. Sentí una pizca de remordimiento… por no haber sentido remordimiento. Ni modo, todos estamos a merced de los chubascos; la naturaleza es implacable con cada uno de nosotros. Me pregunto, ¿qué me deparará a mí?
P.D. Al día siguiente, y esto es verídico, que me levanté y fui por primera vez al baño, la palomilla seguía ahí, algo maltratada, pero ahí, muerta.
Se movió una última vez cuando, en círculos concéntricos, se iba quién sabe a dónde junto a mi mierda. Sentí una pizca de remordimiento… por no haber sentido remordimiento. Ni modo, todos estamos a merced de los chubascos; la naturaleza es implacable con cada uno de nosotros. Me pregunto, ¿qué me deparará a mí?
P.D. Al día siguiente, y esto es verídico, que me levanté y fui por primera vez al baño, la palomilla seguía ahí, algo maltratada, pero ahí, muerta.
martes, 1 de marzo de 2011
El diario de un ojete, entrada número seis
Clases de conducir
Valga mencionar que de culeros el mundo está lleno y no sólo existo yo. Anecdóticamente, recuerdo un día en el que una madre regañaba, a muy altos decibeles, a su hijo frente a todo el mundo por haberse equivocado en algo que ahora no tengo claro. La cara del niño, compungida, mezclaba la pena de verse regañado y la de verse regañado frente a todos.
Hace un par de días iba manejando en una calle de dos carriles, a lo lejos, poco antes de un tope, vi a un coche de una escuela de manejo que, detenido, estaba ocupando los dos carriles sin dejar pasar a nadie; mi coche, que es pequeño, logró entrar y bajé el vidrio sólo para recriminarle al aprendiz de conductor, un joven de unos 35 años, que era un pendejo (seguro se le apagó el motor tratando de sacar la primera, error común y frustrante si te empiezan a presionar con pitídos y gritos).
—¡Imbécil! —le grite.
Lo siguiente me tomó por sorpresa pues no lo esperaba. El conductor con la mirada baja no se inmutó, pero del otro lado del coche el maestro se bajó y con un pie dentro del coche y la cabeza asomando encima del techo y una mano inquisidora levantada, me gritó:
—Conste que se lo gritas a él que no a mí; porque la culpa es sólo suya y no mía.
Puse primera y me alejé. Por el retrovisor vi cómo el maestro se metió y cerró la puerta; su alumno seguía, sin éxito, tratando de arrancar el coche. A la distancia yo ya solo veía las luces que se prendían y se apagaban acompasadamente, y medité la situación. El fallido conductor tenía la misma cara que el niño cuando lo regañaron frente a todos, cabizbajo y compungido, pero el maestro ostentaba una sonrisa muy peculiar. El nivel interpretativo de lo que había presenciado era vasto y me dije a mí mismo: “Mí mismo, en este mundo hay de todo, y de ojetes, para muestra un botón”.
Fue un día muy bello para mí.
Por Jaime Jaramillo
Valga mencionar que de culeros el mundo está lleno y no sólo existo yo. Anecdóticamente, recuerdo un día en el que una madre regañaba, a muy altos decibeles, a su hijo frente a todo el mundo por haberse equivocado en algo que ahora no tengo claro. La cara del niño, compungida, mezclaba la pena de verse regañado y la de verse regañado frente a todos.
Hace un par de días iba manejando en una calle de dos carriles, a lo lejos, poco antes de un tope, vi a un coche de una escuela de manejo que, detenido, estaba ocupando los dos carriles sin dejar pasar a nadie; mi coche, que es pequeño, logró entrar y bajé el vidrio sólo para recriminarle al aprendiz de conductor, un joven de unos 35 años, que era un pendejo (seguro se le apagó el motor tratando de sacar la primera, error común y frustrante si te empiezan a presionar con pitídos y gritos).
—¡Imbécil! —le grite.
Lo siguiente me tomó por sorpresa pues no lo esperaba. El conductor con la mirada baja no se inmutó, pero del otro lado del coche el maestro se bajó y con un pie dentro del coche y la cabeza asomando encima del techo y una mano inquisidora levantada, me gritó:
—Conste que se lo gritas a él que no a mí; porque la culpa es sólo suya y no mía.
Puse primera y me alejé. Por el retrovisor vi cómo el maestro se metió y cerró la puerta; su alumno seguía, sin éxito, tratando de arrancar el coche. A la distancia yo ya solo veía las luces que se prendían y se apagaban acompasadamente, y medité la situación. El fallido conductor tenía la misma cara que el niño cuando lo regañaron frente a todos, cabizbajo y compungido, pero el maestro ostentaba una sonrisa muy peculiar. El nivel interpretativo de lo que había presenciado era vasto y me dije a mí mismo: “Mí mismo, en este mundo hay de todo, y de ojetes, para muestra un botón”.
Fue un día muy bello para mí.
Por Jaime Jaramillo
sábado, 26 de febrero de 2011
Poesía (de Xavier Villaurrutia)
Eres la compañía con quien hablo
de pronto, a solas.
Te forman las palabras
que salen del silencio
y del tanque de sueño en que me ahogo
libre hasta despertar.
Tu mano metálica
endurece la prisa de mi mano
y conduce la pluma
que traza en el papel su litoral.
Tu voz, hoz de eco
es el rebote de mi voz en el muro,
y en tu piel de espejo
me estoy mirando mirarme por mil Argos,
por mí largos segundos.
Pero el menor ruido te ahuyenta
y te veo salir
por la puerta del libro
o por el atlas del techo,
por el tablero del piso
o la página del espejo,
y me dejas
sin más pulso ni voz y sin más cara,
sin máscara como un hombre desnudo
en medio de una calle de miradas.
Reflejos
de pronto, a solas.
Te forman las palabras
que salen del silencio
y del tanque de sueño en que me ahogo
libre hasta despertar.
Tu mano metálica
endurece la prisa de mi mano
y conduce la pluma
que traza en el papel su litoral.
Tu voz, hoz de eco
es el rebote de mi voz en el muro,
y en tu piel de espejo
me estoy mirando mirarme por mil Argos,
por mí largos segundos.
Pero el menor ruido te ahuyenta
y te veo salir
por la puerta del libro
o por el atlas del techo,
por el tablero del piso
o la página del espejo,
y me dejas
sin más pulso ni voz y sin más cara,
sin máscara como un hombre desnudo
en medio de una calle de miradas.
Reflejos
sábado, 5 de febrero de 2011
Azatoth/H. P. Lovecraft
En el vacío sin sentido, el demonio me arrastró
más allá de brillantes conjuntos de espacio dimensionado,
hasta que ni siquiera el tiempo ni la materia se desplegó ante mí,
únicamente el Caos, sin forma ni lugar.
Aquí, el inmenso Señor de Todo masculló
cosas que había soñado pero no podía entender,
mientras cerca de él, informes murciélagos aletearon y revolotearon
en torbellinos idiotas avivados por corrientes luminosas.
Ellos bailaron demencialmente con el agudo y quedo gemido
de una flauta rota atrapada en una garra monstruosa,
de donde fluyen las olas sin sentido, cuyas fortuitas combinaciones
a cada frágil cosmos su ley eterna dan.
“Yo soy su mensajero”, dijo el demonio
y con desprecio golpeó la cabeza de su amo.
*Azathoth es una criatura creada por la inverosímil imaginación de H. P. Lovecraft.
Out in the mindless void the daemon bore me,
Past the bright clusters of dimensioned space,
Till neither time nor matter stretched before me,
But only Chaos, without form or place.
Here the vast Lord of All in darkness muttered
Things he had dreamed but could not understand,
While near him shapeless bat-things flopped and fluttered
In idiot vortices that ray-streams fanned.
They danced insanely to the high, thin whining
Of a cracked flute clutched in a monstrous paw,
Whence flow the aimless waves whose chance combining
Gives each frail cosmos its eternal law.
"I am His Messenger," the daemon said,
As in contempt he struck his Master's head.
más allá de brillantes conjuntos de espacio dimensionado,
hasta que ni siquiera el tiempo ni la materia se desplegó ante mí,
únicamente el Caos, sin forma ni lugar.
Aquí, el inmenso Señor de Todo masculló
cosas que había soñado pero no podía entender,
mientras cerca de él, informes murciélagos aletearon y revolotearon
en torbellinos idiotas avivados por corrientes luminosas.
Ellos bailaron demencialmente con el agudo y quedo gemido
de una flauta rota atrapada en una garra monstruosa,
de donde fluyen las olas sin sentido, cuyas fortuitas combinaciones
a cada frágil cosmos su ley eterna dan.
“Yo soy su mensajero”, dijo el demonio
y con desprecio golpeó la cabeza de su amo.
*Azathoth es una criatura creada por la inverosímil imaginación de H. P. Lovecraft.
Out in the mindless void the daemon bore me,
Past the bright clusters of dimensioned space,
Till neither time nor matter stretched before me,
But only Chaos, without form or place.
Here the vast Lord of All in darkness muttered
Things he had dreamed but could not understand,
While near him shapeless bat-things flopped and fluttered
In idiot vortices that ray-streams fanned.
They danced insanely to the high, thin whining
Of a cracked flute clutched in a monstrous paw,
Whence flow the aimless waves whose chance combining
Gives each frail cosmos its eternal law.
"I am His Messenger," the daemon said,
As in contempt he struck his Master's head.
martes, 11 de enero de 2011
Diario de un ojete, entrada número cinco
El cerillo
Hay en mi familia, por parte de mi mamá, un gen hereditario que es explosivísimo. Varios de los conflictos familiares más graves se han suscitado exactamente por la explosividad que todos tenemos, mi madre la que menos. El caso es que una simple chispa termina en una detonación de tamaños mayúsculos pero que se sofoca casi inmediatamente con una estela de culpa muy marcada.
En la calle en la que vivo hay una mujer que es golpeada por su esposo. Sucedió que yo estacioné mi coche en la entrada de mi casa tapando un poco la acera para el paso de los peatones. La vecina, que es muy enojona, me recriminó con acritud. Yo, valga decir, traía prisa y la mandé a chingar a su madre. Nos enzarzamos en una discusión tonta. Algo le dije que le molestó mucho y me dijo: “Muchachito, sólo no me faltes el respeto”. A lo que yo, francamente encabronado, le contesté: “Pero si a usted se lo faltan todos los días en su casa, y su marido”.
Su semblante su puso lívido y no entiendo todavía cómo no me soltó una bofetada. Yo me quedé callado, murmurando el eco mental de mis palabras. Me di media vuelta y me metí en mi casa, pensando en este gen tan desastroso que tantos despropósitos me ha hecho cometer y con la culpa que rayaba mi consciencia intranquila. Ya no he vuelto a estacionar mi coche frente a mi entrada y tampoco le he vuelto a mencionar, ni siquiera tangencialmente, la violencia interfamiliar.
Hay en mi familia, por parte de mi mamá, un gen hereditario que es explosivísimo. Varios de los conflictos familiares más graves se han suscitado exactamente por la explosividad que todos tenemos, mi madre la que menos. El caso es que una simple chispa termina en una detonación de tamaños mayúsculos pero que se sofoca casi inmediatamente con una estela de culpa muy marcada.
En la calle en la que vivo hay una mujer que es golpeada por su esposo. Sucedió que yo estacioné mi coche en la entrada de mi casa tapando un poco la acera para el paso de los peatones. La vecina, que es muy enojona, me recriminó con acritud. Yo, valga decir, traía prisa y la mandé a chingar a su madre. Nos enzarzamos en una discusión tonta. Algo le dije que le molestó mucho y me dijo: “Muchachito, sólo no me faltes el respeto”. A lo que yo, francamente encabronado, le contesté: “Pero si a usted se lo faltan todos los días en su casa, y su marido”.
Su semblante su puso lívido y no entiendo todavía cómo no me soltó una bofetada. Yo me quedé callado, murmurando el eco mental de mis palabras. Me di media vuelta y me metí en mi casa, pensando en este gen tan desastroso que tantos despropósitos me ha hecho cometer y con la culpa que rayaba mi consciencia intranquila. Ya no he vuelto a estacionar mi coche frente a mi entrada y tampoco le he vuelto a mencionar, ni siquiera tangencialmente, la violencia interfamiliar.
jueves, 2 de diciembre de 2010
me apeno cuando caigo en cuenta
de que soy sólo un bruto animal
cuyas falacias y apariencias
de la inteligencia
no son más que quimeras que se desvanecen ante ti
yo que soy poeta
lector de mundos e inteligencias
caigo abierto cuando estoy contigo
no puedo ocultar lo mucho que me gustas
ni ante ti y menos ante mí
a pesar de razonar todo lo que tengo que razonar
me gustaría no sentir nada pero
no
sucumbo ante el encanto de verte recoger tus cabellos
o de verte simplemente hablar
o de los códigos que envías y que quizá yo entiendo distintos
y que tú todavía no sabes descifrar
o de cosas tan pequeñas que ni cuenta me doy de ellas
aquí
es donde me da pena porque no puedo hacer nada para evitarlo
y como un niño de quince años actúo sin control
en desbandada
siento coraje y cómo mis impulsos crecen cuando estás
aquí
viéndome a mí
desnudo
si tan sólo mis ojos no hablaran
y no te vieran
y me convirtieran en un bruto animal
dormido
y en un inteligente humano
presumido
ante ti controlado
sin este maldito coraje de saber que junto a ti me consumo
y me derrito como una vela que no te alumbra
nada
no sé cómo lo hiciste
pero hoy me hiciste llorar
sin siquiera
lastimarme
de que soy sólo un bruto animal
cuyas falacias y apariencias
de la inteligencia
no son más que quimeras que se desvanecen ante ti
yo que soy poeta
lector de mundos e inteligencias
caigo abierto cuando estoy contigo
no puedo ocultar lo mucho que me gustas
ni ante ti y menos ante mí
a pesar de razonar todo lo que tengo que razonar
me gustaría no sentir nada pero
no
sucumbo ante el encanto de verte recoger tus cabellos
o de verte simplemente hablar
o de los códigos que envías y que quizá yo entiendo distintos
y que tú todavía no sabes descifrar
o de cosas tan pequeñas que ni cuenta me doy de ellas
aquí
es donde me da pena porque no puedo hacer nada para evitarlo
y como un niño de quince años actúo sin control
en desbandada
siento coraje y cómo mis impulsos crecen cuando estás
aquí
viéndome a mí
desnudo
si tan sólo mis ojos no hablaran
y no te vieran
y me convirtieran en un bruto animal
dormido
y en un inteligente humano
presumido
ante ti controlado
sin este maldito coraje de saber que junto a ti me consumo
y me derrito como una vela que no te alumbra
nada
no sé cómo lo hiciste
pero hoy me hiciste llorar
sin siquiera
lastimarme
martes, 16 de noviembre de 2010
Siéntate, por favor
Esta felicidad, sentirme en este estado,
pensar tu cara aún por mí no gobernada
ni por mis besos ni caricias exaltada,
Me demanda, caliente, al atisbar cifrado.
Yo no puedo decirte dónde, mas otro lado
hay en donde cerrarás tus párpados amada
cuando vea las formas de reducirte centrada
al éxtasis gemido, obsceno grito de tu estado.
Aunque quieras o no, tu sonrisa exquisita,
tu sentar increíble que desmaya enmallado
incita al beso alto que evitas y no das
nada más; te lo digo yo así, estás súper rica,
cuando sentando terso tu sentar apretado
el latido vital crece en torno a mí asaz.
México D.F.
pensar tu cara aún por mí no gobernada
ni por mis besos ni caricias exaltada,
Me demanda, caliente, al atisbar cifrado.
Yo no puedo decirte dónde, mas otro lado
hay en donde cerrarás tus párpados amada
cuando vea las formas de reducirte centrada
al éxtasis gemido, obsceno grito de tu estado.
Aunque quieras o no, tu sonrisa exquisita,
tu sentar increíble que desmaya enmallado
incita al beso alto que evitas y no das
nada más; te lo digo yo así, estás súper rica,
cuando sentando terso tu sentar apretado
el latido vital crece en torno a mí asaz.
México D.F.
sábado, 13 de noviembre de 2010
Sin título
Manejo la pluma como una extensión de mi pensamiento que vierte en crípticas (y luego no tanto) líneas lo que pienso e imagino. Soy un ser que raciocina y analiza. Mi extensión ya no lo es tanto el cuerpo, pero sí mi pluma que escribe.
Allá a lo lejos, siempre bien observadas, las actrices utilizan su cuerpo como una extensión de su pensamiento. Y esto atrae y gobierna mi mente, que simplemente observa pensando a quien piensa actuando.
1 abril, 2009
México D. F.
Allá a lo lejos, siempre bien observadas, las actrices utilizan su cuerpo como una extensión de su pensamiento. Y esto atrae y gobierna mi mente, que simplemente observa pensando a quien piensa actuando.
1 abril, 2009
México D. F.
sábado, 19 de junio de 2010
Reverberación
La luz de la vela reverbera en la pared laqueada de la puerta de entrada.
Con suntuosidad y sensualidad
el aire se torna asfixiante,
no por opresor
sino por las ideas que me asaltan
y obligan a tomar la pluma
que estos versos escribe
sin saber a dónde llegarán.
Pero mi mente obscena y obsesiva se imagina tu vagina
iluminada por la luz de las bujías.
Mostrando las sombras sugerentes de tus huecos,
las líneas oscuras de tus vellos
y la carne apretada como de moluscos secos,
que pide a gritos la sal de la saliva de una lengua mojada
para abrir el pétalo de tu sexo en oquedad.
Con suntuosidad y sensualidad
el aire se torna asfixiante,
no por opresor
sino por las ideas que me asaltan
y obligan a tomar la pluma
que estos versos escribe
sin saber a dónde llegarán.
Pero mi mente obscena y obsesiva se imagina tu vagina
iluminada por la luz de las bujías.
Mostrando las sombras sugerentes de tus huecos,
las líneas oscuras de tus vellos
y la carne apretada como de moluscos secos,
que pide a gritos la sal de la saliva de una lengua mojada
para abrir el pétalo de tu sexo en oquedad.
miércoles, 2 de junio de 2010
Diario de un ojete, entrada número cuatro
No entendí por qué todos se enojaron cuando le dije que no se confundiera al bizco.
domingo, 30 de mayo de 2010
Principio de oquedad
Para A. A.
Qué me dirías si te digo
que quiero jugar con el arete que está debajo de tus labios
que quiero tomarlo entre mi lengua
moverlo
y jugar mientras rozo tu boca
con los míos.
Qué me dirías si me pongo verdaderamente sensible
para que
con cualquier roce
cierre mis ojos y trate de sentirte.
Qué me dirías si revuelvo tu ropa
y busco tu boca y busco tu cuerpo
y busco tu cara y busco tu pelo
y me busco en ti mientras me tocas.
Qué me dirías si descubro tu desnudez
con mi mirada torva y mi boca seca que te degusta.
Sensible eres ante la caricia y sensible soy ante la tuya, pero quiero detenerme en un primer y único instante (y aquí fantaseo): en tu boca sorpresiva, en tus labios casi abiertos y tu mirada descubierta hundida en sí misma. Dante, por favor: “En medio del camino de nuestras vidas, me encontré en una selva oscura”. Principio de oquedad.
Qué me dirías si te digo
que quiero jugar con el arete que está debajo de tus labios
que quiero tomarlo entre mi lengua
moverlo
y jugar mientras rozo tu boca
con los míos.
Qué me dirías si me pongo verdaderamente sensible
para que
con cualquier roce
cierre mis ojos y trate de sentirte.
Qué me dirías si revuelvo tu ropa
y busco tu boca y busco tu cuerpo
y busco tu cara y busco tu pelo
y me busco en ti mientras me tocas.
Qué me dirías si descubro tu desnudez
con mi mirada torva y mi boca seca que te degusta.
Sensible eres ante la caricia y sensible soy ante la tuya, pero quiero detenerme en un primer y único instante (y aquí fantaseo): en tu boca sorpresiva, en tus labios casi abiertos y tu mirada descubierta hundida en sí misma. Dante, por favor: “En medio del camino de nuestras vidas, me encontré en una selva oscura”. Principio de oquedad.
sábado, 22 de mayo de 2010
Instructivo número uno
chilaquilismo: m. — Corriente culinaria especializada
en la correcta manera de hacer chilaquiles.//
2. Todo lo referente a la hechura de los chilaquiles.//
Véase también comida mexicana.
Diccionario de Infortunios mexicanos.
Un día un extranjero aficionado a la literatura y a la cocina, más a ésta que a la otra, me preguntó la manera correcta de hacer chilaquiles, y la respuesta aparentemente fácil fue harto complicada ya que daba pie a escándalos por demás irreconciliables. Antes de contestarle, me acordé de mi familia; heredo de ella una cultura gastronómica que casi me convierte en cocinero. Como para nada en el mundo, no hay respuestas satisfactorias a las preguntas aparentemente fáciles. Como buen y orgulloso mexicano tomé con seriedad el tema, con responsabilidad moral ante el pobre extranjero que esperaba pacientemente mi respuesta. Preparé con cuidado mi monólogo y profundicé, sin más, en el tema.
—Mira, cocinar, al igual que cualquier arte, requiere de mucho trabajo. No es simplemente echar los ingredientes en la olla y dejar que se cuezan hasta obtener el platillo. En la cocina la materia prima son los alimentos, pero los alimentos en sí no terminan de dar ese giro culinario que exalta a más de un comensal, a más de un paladar. Se necesita amor, técnica, práctica y, sobre todo, imaginación. Es como escribir un cuento; cuentos y platillos no están exentos a este tipo de manejo, necesitan sus tiempos de cocción, tiempos de reposo y también algún tipo de técnica para poder abordar determinado tema (o ingrediente) con la mayor precisión posible.
Había logrado el primer paso con éxito, mi introducción al tema, harto complicado, había sido perfecto, había logrado introducirlo sin mucha complicación. Él me veía con atención. Continué.
—Alguna vez tuve una discusión airosa con un cocinero que se empeñaba en creer en que era mejor cocinero que yo, y no que no lo fuera, porque no lo era, pero me daba ternura su insistencia en el tema. El caso es que él y yo discutíamos siempre en la manera de cómo hacer una salsa para pizza y la discusión, cada terco con su tema, tomaba casi siempre tintes religiosos, porque el muy pendejo se empeñaba en ponerle zanahoria picada a la salsa de tomate, y aunque tenía toda la razón porque la salsa sabía muy bien, yo le decía que opacaba todo el sabor de la masa (en este punto también discutíamos; él quería ponerle solo agua; yo, necio, quería leche también).
Al final terminaba perdiendo porque yo era el pinche pinche y me tenía que joder, ¡a la esquina y pélate el saco de zanahorias! Este cocinero y yo terminamos peleados, él diciéndome que era un inútil y yo aferrado en que él era un pendejo. No importaba cómo, pero siempre le ponía Knorr Suiza a todo, al igual que Maggie e Inglesa. ¿Cocinar? Ni madres. Es como el típico escritor que justifica la incongruencia del texto sólo porque el personaje está loco, o, peor aún, porque escribe todo el tiempo con frases cortas, vagas y abiertas, bien post moderno.
—¿Entiendes bien el punto de mi ejemplificación? —le pregunté. Antes de que pudiera responderme, continué.
—No hay una sola manera de cocinar chilaquiles. Al final de cuentas qué son los chilaquiles: viles tortillas fritas en un poco de salsa picante con un poco de crema y queso. (Algunos cocineros le ponen pollo, yo no). Nada más. Así como no hay un cuento universal, tampoco hay chilaquiles universales. Yo no te puedo dar una receta, porque no creo en ellas; en cambio, te voy a dar las herramientas para que hagas unos chilaquiles ricos, pero el resultado depende de ti, no de mí.
Lo primero que tienes que tener en cuenta es saber a dónde está dirigido el cuento, la meta por así decirlo. Cuando sabes esto, tienes un pie dentro de la olla. Si vas a hacer chilaquiles haces chilaquiles y no cualquier barrabasada parecida. Hay que seguir con el fondo, buscar que el ambiente del texto sea idóneo para el tema y que haya siempre equilibrio. Porque estarás de acuerdo que no es lo mismo hacer una salsa de chile de árbol, donde previamente todos los ingredientes fueron asados en un comal y aderezados con pimienta, sal de grano, piloncillo y, quizá, un poco de especias aromáticas, a cocinar una salsa de chile de árbol con cebolla, agua, ajo, a la licuadora y listo. Se tienen que rellenar los huecos. Tienes que imaginarte un lienzo que debes pintar y para hacerlo hay muchas maneras. Puedes escoger un color de fondo y luego pintar todo encima de él, por ejemplo. Pero nunca va a ser igual que si pintas con el mismo color sobre blanco; el matiz va a ser diferente, pero muy importante.
El segundo paso es la caracterización de los personajes, para esto debes de ser también muy cuidadoso, debes, antes que nada, buscarlos frescos, siempre frescos, del mismo día si se puede y que, a la vez, también estén maduros, porque una cebolla, siempre va a ser una cebolla, pero las va a haber moradas o blancas, pasadas o frescas. Y para que los personajes no choquen entre sí, debes de armonizarlos con sumo cuidado. No es como en el teatro en donde el conflicto es importante. Acá no, puedes tener contrastes, variaciones sutiles en el paladar, pero nunca, y te lo afirmo, nunca un conflicto. ¿No le podrías a los chilaquiles pescado?, ¿o sí?
Observé detenidamente al extranjero mientras esperaba su respuesta.
—¿O sí? —volví a preguntar.
—No —me contestó con la cara algo compungida.
Comprendí que me había entendido y proseguí.
—El pescado entraría como el tercero en discordia, sería una arista indeseable, por eso hay que tener en cuenta que los personajes estén amalgamados de una manera correcta. Pero aquí debo de matizar un poco, en un cuento, sí se llega a dar el conflicto, pero en la cocina no. Nomás como apunte cultural —agregué.
—Ya que sabes a dónde quieres llevar tu platillo, tienes a los personajes y tienes también el ambiente en el cual vas a situar tu creación, debes de hacerte la pregunta, ¿cómo los voy a hacer? En otras palabras, ¿cómo voy a contar el cuento? Y aquí hay una problemática con trasfondo cultural. Hay personas que prefieren que las tortillas estén blanditas, medio remojadas, pero otros creen que la tortilla debe de estar frita en abundante aceite para que quede crujiente y dura. El crocante, para mí, muy importante. Mira, para que no te enredes, lo único que tienes que hacer es contar bien una historia. ¿Cómo? Como puedas. Sucede lo mismo con los chilaquiles, lo único que tienes que hacer es hacerlos bien. Nada más.
El extranjero me observaba con detenimiento, se balanceaba de un pie al otro y empezaba a mirarse las manos y el reloj; se estaba desconcentrando. Me apuré para terminar.
—Al final ya puedes agregarle toques personales, algo como tu rubrica. Por más que busques nunca, y lo digo a manera de verdad universal, nunca vas a encontrar una receta igual a otra, es tema casi de orgullo nacional, como irle a la Selección. Todo el mundo va a decir que tiene la mejor receta; hay unos que les gusta con epazote, otros que con salsa campechana, a unos, ya en plena perversión, se les ocurre además de la crema, el queso, el epazote, las tortillas, la cebolla, y la mezcla exacta y secreta de chiles, añadirle un huevo frito o dos. ¡Salud, no cagas en tres días!
—Tú como creador debes de entender que hay sólo tres puntos básicos: el ambiente o el fondo, los personajes o los ingredientes, y tu meta, a dónde quieres ir. Lo demás es libre. A mí no me gusta guiarme por recetas, porque al final el resultado siempre va a ser distinto, o tú crees que los cuentistas leen su Manual del Cuento Perfecto. ¿Verdad que no? No, pues no. Eso es todo, sólo tortillas, salsa, queso y crema. Nada más.
Con la cara afligida y algo conflictuada, el extranjero me dio las gracias y se fue caminando desconcentrado, sin rumbo fijo. Nunca supe si había entendido la esencia de los chilaquiles, pero sabía que le había dado una respuesta veraz y con mucha responsabilidad; yo había tomado su pregunta con seriedad y no me había salido por la tangente. Además, estaba contento, porque acababa de escribir un cuento.
en la correcta manera de hacer chilaquiles.//
2. Todo lo referente a la hechura de los chilaquiles.//
Véase también comida mexicana.
Diccionario de Infortunios mexicanos.
Un día un extranjero aficionado a la literatura y a la cocina, más a ésta que a la otra, me preguntó la manera correcta de hacer chilaquiles, y la respuesta aparentemente fácil fue harto complicada ya que daba pie a escándalos por demás irreconciliables. Antes de contestarle, me acordé de mi familia; heredo de ella una cultura gastronómica que casi me convierte en cocinero. Como para nada en el mundo, no hay respuestas satisfactorias a las preguntas aparentemente fáciles. Como buen y orgulloso mexicano tomé con seriedad el tema, con responsabilidad moral ante el pobre extranjero que esperaba pacientemente mi respuesta. Preparé con cuidado mi monólogo y profundicé, sin más, en el tema.
—Mira, cocinar, al igual que cualquier arte, requiere de mucho trabajo. No es simplemente echar los ingredientes en la olla y dejar que se cuezan hasta obtener el platillo. En la cocina la materia prima son los alimentos, pero los alimentos en sí no terminan de dar ese giro culinario que exalta a más de un comensal, a más de un paladar. Se necesita amor, técnica, práctica y, sobre todo, imaginación. Es como escribir un cuento; cuentos y platillos no están exentos a este tipo de manejo, necesitan sus tiempos de cocción, tiempos de reposo y también algún tipo de técnica para poder abordar determinado tema (o ingrediente) con la mayor precisión posible.
Había logrado el primer paso con éxito, mi introducción al tema, harto complicado, había sido perfecto, había logrado introducirlo sin mucha complicación. Él me veía con atención. Continué.
—Alguna vez tuve una discusión airosa con un cocinero que se empeñaba en creer en que era mejor cocinero que yo, y no que no lo fuera, porque no lo era, pero me daba ternura su insistencia en el tema. El caso es que él y yo discutíamos siempre en la manera de cómo hacer una salsa para pizza y la discusión, cada terco con su tema, tomaba casi siempre tintes religiosos, porque el muy pendejo se empeñaba en ponerle zanahoria picada a la salsa de tomate, y aunque tenía toda la razón porque la salsa sabía muy bien, yo le decía que opacaba todo el sabor de la masa (en este punto también discutíamos; él quería ponerle solo agua; yo, necio, quería leche también).
Al final terminaba perdiendo porque yo era el pinche pinche y me tenía que joder, ¡a la esquina y pélate el saco de zanahorias! Este cocinero y yo terminamos peleados, él diciéndome que era un inútil y yo aferrado en que él era un pendejo. No importaba cómo, pero siempre le ponía Knorr Suiza a todo, al igual que Maggie e Inglesa. ¿Cocinar? Ni madres. Es como el típico escritor que justifica la incongruencia del texto sólo porque el personaje está loco, o, peor aún, porque escribe todo el tiempo con frases cortas, vagas y abiertas, bien post moderno.
—¿Entiendes bien el punto de mi ejemplificación? —le pregunté. Antes de que pudiera responderme, continué.
—No hay una sola manera de cocinar chilaquiles. Al final de cuentas qué son los chilaquiles: viles tortillas fritas en un poco de salsa picante con un poco de crema y queso. (Algunos cocineros le ponen pollo, yo no). Nada más. Así como no hay un cuento universal, tampoco hay chilaquiles universales. Yo no te puedo dar una receta, porque no creo en ellas; en cambio, te voy a dar las herramientas para que hagas unos chilaquiles ricos, pero el resultado depende de ti, no de mí.
Lo primero que tienes que tener en cuenta es saber a dónde está dirigido el cuento, la meta por así decirlo. Cuando sabes esto, tienes un pie dentro de la olla. Si vas a hacer chilaquiles haces chilaquiles y no cualquier barrabasada parecida. Hay que seguir con el fondo, buscar que el ambiente del texto sea idóneo para el tema y que haya siempre equilibrio. Porque estarás de acuerdo que no es lo mismo hacer una salsa de chile de árbol, donde previamente todos los ingredientes fueron asados en un comal y aderezados con pimienta, sal de grano, piloncillo y, quizá, un poco de especias aromáticas, a cocinar una salsa de chile de árbol con cebolla, agua, ajo, a la licuadora y listo. Se tienen que rellenar los huecos. Tienes que imaginarte un lienzo que debes pintar y para hacerlo hay muchas maneras. Puedes escoger un color de fondo y luego pintar todo encima de él, por ejemplo. Pero nunca va a ser igual que si pintas con el mismo color sobre blanco; el matiz va a ser diferente, pero muy importante.
El segundo paso es la caracterización de los personajes, para esto debes de ser también muy cuidadoso, debes, antes que nada, buscarlos frescos, siempre frescos, del mismo día si se puede y que, a la vez, también estén maduros, porque una cebolla, siempre va a ser una cebolla, pero las va a haber moradas o blancas, pasadas o frescas. Y para que los personajes no choquen entre sí, debes de armonizarlos con sumo cuidado. No es como en el teatro en donde el conflicto es importante. Acá no, puedes tener contrastes, variaciones sutiles en el paladar, pero nunca, y te lo afirmo, nunca un conflicto. ¿No le podrías a los chilaquiles pescado?, ¿o sí?
Observé detenidamente al extranjero mientras esperaba su respuesta.
—¿O sí? —volví a preguntar.
—No —me contestó con la cara algo compungida.
Comprendí que me había entendido y proseguí.
—El pescado entraría como el tercero en discordia, sería una arista indeseable, por eso hay que tener en cuenta que los personajes estén amalgamados de una manera correcta. Pero aquí debo de matizar un poco, en un cuento, sí se llega a dar el conflicto, pero en la cocina no. Nomás como apunte cultural —agregué.
—Ya que sabes a dónde quieres llevar tu platillo, tienes a los personajes y tienes también el ambiente en el cual vas a situar tu creación, debes de hacerte la pregunta, ¿cómo los voy a hacer? En otras palabras, ¿cómo voy a contar el cuento? Y aquí hay una problemática con trasfondo cultural. Hay personas que prefieren que las tortillas estén blanditas, medio remojadas, pero otros creen que la tortilla debe de estar frita en abundante aceite para que quede crujiente y dura. El crocante, para mí, muy importante. Mira, para que no te enredes, lo único que tienes que hacer es contar bien una historia. ¿Cómo? Como puedas. Sucede lo mismo con los chilaquiles, lo único que tienes que hacer es hacerlos bien. Nada más.
El extranjero me observaba con detenimiento, se balanceaba de un pie al otro y empezaba a mirarse las manos y el reloj; se estaba desconcentrando. Me apuré para terminar.
—Al final ya puedes agregarle toques personales, algo como tu rubrica. Por más que busques nunca, y lo digo a manera de verdad universal, nunca vas a encontrar una receta igual a otra, es tema casi de orgullo nacional, como irle a la Selección. Todo el mundo va a decir que tiene la mejor receta; hay unos que les gusta con epazote, otros que con salsa campechana, a unos, ya en plena perversión, se les ocurre además de la crema, el queso, el epazote, las tortillas, la cebolla, y la mezcla exacta y secreta de chiles, añadirle un huevo frito o dos. ¡Salud, no cagas en tres días!
—Tú como creador debes de entender que hay sólo tres puntos básicos: el ambiente o el fondo, los personajes o los ingredientes, y tu meta, a dónde quieres ir. Lo demás es libre. A mí no me gusta guiarme por recetas, porque al final el resultado siempre va a ser distinto, o tú crees que los cuentistas leen su Manual del Cuento Perfecto. ¿Verdad que no? No, pues no. Eso es todo, sólo tortillas, salsa, queso y crema. Nada más.
Con la cara afligida y algo conflictuada, el extranjero me dio las gracias y se fue caminando desconcentrado, sin rumbo fijo. Nunca supe si había entendido la esencia de los chilaquiles, pero sabía que le había dado una respuesta veraz y con mucha responsabilidad; yo había tomado su pregunta con seriedad y no me había salido por la tangente. Además, estaba contento, porque acababa de escribir un cuento.
jueves, 20 de mayo de 2010
(sin título)
Hoy vi a una chica que se parecía mucho a A. Era morena (un poco más morena que A.), bajita (un poco más alta que A.), y tenía el pelo rizado (un poco más que A.) Además de eso, era muy hermosa (como A.), por un momento pensé que era ella y a pesar de su mirada baja, porque leía un folleto, traté de resolver si era o no.
Me puse muy nervioso, porque quería verla desde hace mucho. De verla y volverla a tener, de tenerla y volverla a querer.
Pero después de ver que no era A. y darme cuenta de que también tenía una muy buena figura, unas nalgas firmes, pulposas, y una cara por demás linda y agraciada, una sola cosa más llamó mi atención, su apenas leve papada acentuada por leer el folleto con la mirada baja. Dos líneas, sólo dos, marcaban ese abultamiento carnal, dos líneas, un poco más blancas que su piel morena, que delimitaban a la mandíbula y al cuello: una papada fina, no molesta, apenas perceptible como aquélla de A., quien al ser penetrada bajaba su cabeza para verme, mostrándola.
Me puse muy nervioso, porque quería verla desde hace mucho. De verla y volverla a tener, de tenerla y volverla a querer.
Pero después de ver que no era A. y darme cuenta de que también tenía una muy buena figura, unas nalgas firmes, pulposas, y una cara por demás linda y agraciada, una sola cosa más llamó mi atención, su apenas leve papada acentuada por leer el folleto con la mirada baja. Dos líneas, sólo dos, marcaban ese abultamiento carnal, dos líneas, un poco más blancas que su piel morena, que delimitaban a la mandíbula y al cuello: una papada fina, no molesta, apenas perceptible como aquélla de A., quien al ser penetrada bajaba su cabeza para verme, mostrándola.
martes, 18 de mayo de 2010
El diario de un ojete, entrada número tres
A un amigo saxofonista le dio pancriatitis (o como se diga) por el mucho beber y por el mucho tomar, así, con infinitivos sustantivados. Mi amigo se me moría en gerundio (porque quién sabe cuándo empezó a morirse), y yo que le invito una chela. No me ha dado las gracias, pero sus ojos ya se ven más rojos y amarillos. Dizque es el higado (o el páncreas). Da lo mismo.
Pensé, por un momento, que cada vez se acercaba a ese grupo de músicos que sobresalían no por su dominio del instrumento, sino por lo mucho que se atascaban. Porque los hay chingones, los buenos y atascados (los que sí se mueren). No seudoaficionados, drogados y malos. Siempre lo he dicho, no se trata de drogarse y hacer arte; si no de hacer arte y drogarse y morirse.
Pensé, por un momento, que cada vez se acercaba a ese grupo de músicos que sobresalían no por su dominio del instrumento, sino por lo mucho que se atascaban. Porque los hay chingones, los buenos y atascados (los que sí se mueren). No seudoaficionados, drogados y malos. Siempre lo he dicho, no se trata de drogarse y hacer arte; si no de hacer arte y drogarse y morirse.
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