No jugarás con hipocondría de las personas
I
Es claro que cualquier evento que los medios sobredimensionen puede causar en las poblaciones de las grandes metrópolis una paranoia total. Era la época del primer brote grave de influencia H1N1. Yo estaba en el vagón del metro de la ciudad de México, cuando, sin querer, le metí el pie a una señora. Me volteé para pedirle una disculpa. “Estúpido”, me increpó. Y yo me encabroné. Nos enzarzamos en una discusión estúpida, donde los insultos no estuvieron de más. Yo, con la cabeza más caliente que nada, al ver que la señora no entendía que no le había metido el pie a propósito, decidí hacer algo inaudito. Me bajé el tapabocas y le tosí directamente en su cara. Algunas personas me miraron sorprendidas, otras murmuraron molestas y sólo algunos se rieron, pero nadie se levantó para recriminarme mi acción; tanto miedo tenían. Decidí lapidar la discusión. “Espero te dé influencia”. En la siguiente estación, me bajé, visiblemente enojado, pensando en el desenlace de aquella infortunada trifulca, en que quizá pudo haber habido un desenlace más excepcional que falsificara y redimensionara los hechos.
II
En el vagón del metro, una señora me gritó “estúpido”, cuando, sin querer, le metí el pie. Yo me encabroné, porque intenté disculparme y ella seguía increpándome mi falta de atención. Me enredé en una discusión estúpida y con la cabeza más caliente que nada hice algo inaudito. Me bajé el tapabocas y antes de poderle toser en la cara salieron dos policías y me cubrieron con un tapabocas que ellos traían y luego me esposaron. Me bajaron a empellones del vagón y perdí el conocimiento; no sé si por un golpe que ellos me dieron o por verme esposado. Cuando desperté, estaba en una sala blanca, con largos asientos de metal inoxidable, donde habían muchas personas como yo: esposadas y con un tapabocas de la PFP. En la parte alta de un mostrador que había al final de la sala, había un letrero que decía “Agencia para Prevención de Paranoia Ciudadana ante Posibles Brotes Infecciosos y Epidémicos APPCPBIE (acrónimo impronunciable)”. Casi me cago en los pantalones. Estaba como en una película gringa de conspiración pero a la mexicana.
III
Un día una señora se molestó conmigo porque tropecé con ella. A pesar de explicarle que había sido un accidente, la señora seguía recriminándome mi falta de atención. Le dolía el talón y el empeine. Se enojó y me gritó. Le grité de regreso y ella a mí. Dos personas trataron de calmarnos, y lo hicimos. Aunque murmurábamos. Nos vimos a distancia prudente. Ella escupía un poco al hablar, o así me pareció. De pronto, la señora deslizó un “pendejo” que me prendió más. Yo le grité otra vez. Ella se alejó y nunca más la volví a ver. Pinche gente cabrona.
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sábado, 7 de abril de 2012
Diario de un ojete, entrada número nueve
domingo, 4 de marzo de 2012
El diario de un ojete, entrada número ocho
Protuberancia
Santo cielo; el vómito y la sorpresa casi sobrepasan mi esófago. Acabo de ver de espaldas a un ser vestido de hombre joven a la moda. Con pantalón mezclilla claro, suéter rosa atado al cuello y playera blanca tipo polo. Y ¡oh sorpresa vomitiva! cuando descubrí su perfil de tres cuartos. Descubrí a un no hombre, a un ser con una protuberancia descomunal en la papada. Un protuberancia tal que emergía desde adentro de su cuello, subcutánea.
Eso, la protuberancia, estaba a la altura de la garganta e invadía toda la parte la parte inferior de su mandíbula. Si hubiera sido una protuberancia redonda y lisa, quizá la hubiera tolerado, pero no, era una llena de imperfecciones, una protuberancia con pequeñas protuberancias con (cosa que no vi pero supongo) negros vellos gruesos emergiendo de ellas. Había partes que se abultaban más que otras y permitían a las lisas, que eran pocas, verse normales.
Sólo lo vi un segundo, lo que duró mi mirada distraída que, conforme yo registraba el hecho asqueroso, huía desquiciada.
Cuando ponderé lo que me acababa de pasar, me dije a mí mismo: “A simple vista parece alguien normal”. Pero no lo era. De pronto descubrí que alguien estaba viendo fijamente mi nariz, que tengo chueca, haciéndose el occiso cuando lo sorprendí haciéndolo.
¡Hijo de puta! No soy por mi nariz quien soy.
Santo cielo; el vómito y la sorpresa casi sobrepasan mi esófago. Acabo de ver de espaldas a un ser vestido de hombre joven a la moda. Con pantalón mezclilla claro, suéter rosa atado al cuello y playera blanca tipo polo. Y ¡oh sorpresa vomitiva! cuando descubrí su perfil de tres cuartos. Descubrí a un no hombre, a un ser con una protuberancia descomunal en la papada. Un protuberancia tal que emergía desde adentro de su cuello, subcutánea.
Eso, la protuberancia, estaba a la altura de la garganta e invadía toda la parte la parte inferior de su mandíbula. Si hubiera sido una protuberancia redonda y lisa, quizá la hubiera tolerado, pero no, era una llena de imperfecciones, una protuberancia con pequeñas protuberancias con (cosa que no vi pero supongo) negros vellos gruesos emergiendo de ellas. Había partes que se abultaban más que otras y permitían a las lisas, que eran pocas, verse normales.
Sólo lo vi un segundo, lo que duró mi mirada distraída que, conforme yo registraba el hecho asqueroso, huía desquiciada.
Cuando ponderé lo que me acababa de pasar, me dije a mí mismo: “A simple vista parece alguien normal”. Pero no lo era. De pronto descubrí que alguien estaba viendo fijamente mi nariz, que tengo chueca, haciéndose el occiso cuando lo sorprendí haciéndolo.
¡Hijo de puta! No soy por mi nariz quien soy.
jueves, 10 de marzo de 2011
El diario de un ojete, entrada número siete
No lo tomé como un mal presagio, pero había un palomilla negra ahogada en el fondo de mi escusado. Sólo para ver si seguía viva y que no habría de volar mientras yo hiciera mis necesidades sólidas, le mee encima. A veces se hundía, otras aleteaba como intentando elevarse. Pero no podía. Las orillas de sus alas se quedaban pegadas al agua formando pequeños arcos.
Se movió una última vez cuando, en círculos concéntricos, se iba quién sabe a dónde junto a mi mierda. Sentí una pizca de remordimiento… por no haber sentido remordimiento. Ni modo, todos estamos a merced de los chubascos; la naturaleza es implacable con cada uno de nosotros. Me pregunto, ¿qué me deparará a mí?
P.D. Al día siguiente, y esto es verídico, que me levanté y fui por primera vez al baño, la palomilla seguía ahí, algo maltratada, pero ahí, muerta.
Se movió una última vez cuando, en círculos concéntricos, se iba quién sabe a dónde junto a mi mierda. Sentí una pizca de remordimiento… por no haber sentido remordimiento. Ni modo, todos estamos a merced de los chubascos; la naturaleza es implacable con cada uno de nosotros. Me pregunto, ¿qué me deparará a mí?
P.D. Al día siguiente, y esto es verídico, que me levanté y fui por primera vez al baño, la palomilla seguía ahí, algo maltratada, pero ahí, muerta.
martes, 1 de marzo de 2011
El diario de un ojete, entrada número seis
Clases de conducir
Valga mencionar que de culeros el mundo está lleno y no sólo existo yo. Anecdóticamente, recuerdo un día en el que una madre regañaba, a muy altos decibeles, a su hijo frente a todo el mundo por haberse equivocado en algo que ahora no tengo claro. La cara del niño, compungida, mezclaba la pena de verse regañado y la de verse regañado frente a todos.
Hace un par de días iba manejando en una calle de dos carriles, a lo lejos, poco antes de un tope, vi a un coche de una escuela de manejo que, detenido, estaba ocupando los dos carriles sin dejar pasar a nadie; mi coche, que es pequeño, logró entrar y bajé el vidrio sólo para recriminarle al aprendiz de conductor, un joven de unos 35 años, que era un pendejo (seguro se le apagó el motor tratando de sacar la primera, error común y frustrante si te empiezan a presionar con pitídos y gritos).
—¡Imbécil! —le grite.
Lo siguiente me tomó por sorpresa pues no lo esperaba. El conductor con la mirada baja no se inmutó, pero del otro lado del coche el maestro se bajó y con un pie dentro del coche y la cabeza asomando encima del techo y una mano inquisidora levantada, me gritó:
—Conste que se lo gritas a él que no a mí; porque la culpa es sólo suya y no mía.
Puse primera y me alejé. Por el retrovisor vi cómo el maestro se metió y cerró la puerta; su alumno seguía, sin éxito, tratando de arrancar el coche. A la distancia yo ya solo veía las luces que se prendían y se apagaban acompasadamente, y medité la situación. El fallido conductor tenía la misma cara que el niño cuando lo regañaron frente a todos, cabizbajo y compungido, pero el maestro ostentaba una sonrisa muy peculiar. El nivel interpretativo de lo que había presenciado era vasto y me dije a mí mismo: “Mí mismo, en este mundo hay de todo, y de ojetes, para muestra un botón”.
Fue un día muy bello para mí.
Por Jaime Jaramillo
Valga mencionar que de culeros el mundo está lleno y no sólo existo yo. Anecdóticamente, recuerdo un día en el que una madre regañaba, a muy altos decibeles, a su hijo frente a todo el mundo por haberse equivocado en algo que ahora no tengo claro. La cara del niño, compungida, mezclaba la pena de verse regañado y la de verse regañado frente a todos.
Hace un par de días iba manejando en una calle de dos carriles, a lo lejos, poco antes de un tope, vi a un coche de una escuela de manejo que, detenido, estaba ocupando los dos carriles sin dejar pasar a nadie; mi coche, que es pequeño, logró entrar y bajé el vidrio sólo para recriminarle al aprendiz de conductor, un joven de unos 35 años, que era un pendejo (seguro se le apagó el motor tratando de sacar la primera, error común y frustrante si te empiezan a presionar con pitídos y gritos).
—¡Imbécil! —le grite.
Lo siguiente me tomó por sorpresa pues no lo esperaba. El conductor con la mirada baja no se inmutó, pero del otro lado del coche el maestro se bajó y con un pie dentro del coche y la cabeza asomando encima del techo y una mano inquisidora levantada, me gritó:
—Conste que se lo gritas a él que no a mí; porque la culpa es sólo suya y no mía.
Puse primera y me alejé. Por el retrovisor vi cómo el maestro se metió y cerró la puerta; su alumno seguía, sin éxito, tratando de arrancar el coche. A la distancia yo ya solo veía las luces que se prendían y se apagaban acompasadamente, y medité la situación. El fallido conductor tenía la misma cara que el niño cuando lo regañaron frente a todos, cabizbajo y compungido, pero el maestro ostentaba una sonrisa muy peculiar. El nivel interpretativo de lo que había presenciado era vasto y me dije a mí mismo: “Mí mismo, en este mundo hay de todo, y de ojetes, para muestra un botón”.
Fue un día muy bello para mí.
Por Jaime Jaramillo
martes, 11 de enero de 2011
Diario de un ojete, entrada número cinco
El cerillo
Hay en mi familia, por parte de mi mamá, un gen hereditario que es explosivísimo. Varios de los conflictos familiares más graves se han suscitado exactamente por la explosividad que todos tenemos, mi madre la que menos. El caso es que una simple chispa termina en una detonación de tamaños mayúsculos pero que se sofoca casi inmediatamente con una estela de culpa muy marcada.
En la calle en la que vivo hay una mujer que es golpeada por su esposo. Sucedió que yo estacioné mi coche en la entrada de mi casa tapando un poco la acera para el paso de los peatones. La vecina, que es muy enojona, me recriminó con acritud. Yo, valga decir, traía prisa y la mandé a chingar a su madre. Nos enzarzamos en una discusión tonta. Algo le dije que le molestó mucho y me dijo: “Muchachito, sólo no me faltes el respeto”. A lo que yo, francamente encabronado, le contesté: “Pero si a usted se lo faltan todos los días en su casa, y su marido”.
Su semblante su puso lívido y no entiendo todavía cómo no me soltó una bofetada. Yo me quedé callado, murmurando el eco mental de mis palabras. Me di media vuelta y me metí en mi casa, pensando en este gen tan desastroso que tantos despropósitos me ha hecho cometer y con la culpa que rayaba mi consciencia intranquila. Ya no he vuelto a estacionar mi coche frente a mi entrada y tampoco le he vuelto a mencionar, ni siquiera tangencialmente, la violencia interfamiliar.
Hay en mi familia, por parte de mi mamá, un gen hereditario que es explosivísimo. Varios de los conflictos familiares más graves se han suscitado exactamente por la explosividad que todos tenemos, mi madre la que menos. El caso es que una simple chispa termina en una detonación de tamaños mayúsculos pero que se sofoca casi inmediatamente con una estela de culpa muy marcada.
En la calle en la que vivo hay una mujer que es golpeada por su esposo. Sucedió que yo estacioné mi coche en la entrada de mi casa tapando un poco la acera para el paso de los peatones. La vecina, que es muy enojona, me recriminó con acritud. Yo, valga decir, traía prisa y la mandé a chingar a su madre. Nos enzarzamos en una discusión tonta. Algo le dije que le molestó mucho y me dijo: “Muchachito, sólo no me faltes el respeto”. A lo que yo, francamente encabronado, le contesté: “Pero si a usted se lo faltan todos los días en su casa, y su marido”.
Su semblante su puso lívido y no entiendo todavía cómo no me soltó una bofetada. Yo me quedé callado, murmurando el eco mental de mis palabras. Me di media vuelta y me metí en mi casa, pensando en este gen tan desastroso que tantos despropósitos me ha hecho cometer y con la culpa que rayaba mi consciencia intranquila. Ya no he vuelto a estacionar mi coche frente a mi entrada y tampoco le he vuelto a mencionar, ni siquiera tangencialmente, la violencia interfamiliar.
miércoles, 2 de junio de 2010
Diario de un ojete, entrada número cuatro
No entendí por qué todos se enojaron cuando le dije que no se confundiera al bizco.
martes, 18 de mayo de 2010
El diario de un ojete, entrada número tres
A un amigo saxofonista le dio pancriatitis (o como se diga) por el mucho beber y por el mucho tomar, así, con infinitivos sustantivados. Mi amigo se me moría en gerundio (porque quién sabe cuándo empezó a morirse), y yo que le invito una chela. No me ha dado las gracias, pero sus ojos ya se ven más rojos y amarillos. Dizque es el higado (o el páncreas). Da lo mismo.
Pensé, por un momento, que cada vez se acercaba a ese grupo de músicos que sobresalían no por su dominio del instrumento, sino por lo mucho que se atascaban. Porque los hay chingones, los buenos y atascados (los que sí se mueren). No seudoaficionados, drogados y malos. Siempre lo he dicho, no se trata de drogarse y hacer arte; si no de hacer arte y drogarse y morirse.
Pensé, por un momento, que cada vez se acercaba a ese grupo de músicos que sobresalían no por su dominio del instrumento, sino por lo mucho que se atascaban. Porque los hay chingones, los buenos y atascados (los que sí se mueren). No seudoaficionados, drogados y malos. Siempre lo he dicho, no se trata de drogarse y hacer arte; si no de hacer arte y drogarse y morirse.
El diario de un ojete, entrada número dos
Manejaba rumbo a mi casa; en un semáforo vi a un inválido en su silla de ruedas y me pidió limosna. Sentí unas inmensas ganas de decirle: “Vamos Lázaro, levántate y anda”. Pero al instante me sentí como un verdadero ojete. Aceleré rápido y me fui sin darle un centavo. Nunca le dije nada, y el inválido nunca andó.
viernes, 23 de abril de 2010
El diario de un ojete, entrada número uno
El Baches
Tengo un amigo a quien yo quiero mucho. Es una persona amable y muy honesta, cuando te dice algo lo dice de frente, sin tapujos. A veces se siente triste porque no tiene gran éxito con las mujeres (no quiere decir que yo sí, ni que fuera quién), pues tiene la cara llena de granos; él lo sabe y yo también, se lo he hecho notar –si él es tan honesto, lo mínimo que puedo hacer, es ser igual de honesto con él–; él acepta mis comentarios y se pone cabizbajo, no ha podido hacer nada con ese problema de pubertad.
Su tristeza me toca en lo más hondo de mi ser. Jamás le he podido decir a la cara el apodo, que todo mundo sabe, menos él.
Tengo un amigo a quien yo quiero mucho. Es una persona amable y muy honesta, cuando te dice algo lo dice de frente, sin tapujos. A veces se siente triste porque no tiene gran éxito con las mujeres (no quiere decir que yo sí, ni que fuera quién), pues tiene la cara llena de granos; él lo sabe y yo también, se lo he hecho notar –si él es tan honesto, lo mínimo que puedo hacer, es ser igual de honesto con él–; él acepta mis comentarios y se pone cabizbajo, no ha podido hacer nada con ese problema de pubertad.
Su tristeza me toca en lo más hondo de mi ser. Jamás le he podido decir a la cara el apodo, que todo mundo sabe, menos él.
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